Donde habitan los libros
El Rincón Escrito, es una «Casa tomada» por los libros en la meseta burgalesa. Edificio que habitaron palomas durante un siglo, ocupado a finales del XX por una librera y un librero mareantes, que sienten cómo su ámbito se reduce por el ruido de los volúmenes, siempre insatisfechos con su espacio. Dedicada al libro antiguo, viejo, descatalogado, inverosímil y de ocasión, de toda materia, género y condición, y a sus hijuelas, ofrece su fondo por internet y en el Palomar, previa cita, al que se accede, por la A-62 salida 32 sentido Burgos o 30 sentido Valladolid.
Libreros y ejemplares
No es leyenda que el inmenso bibliógrafo Antonio Palau y Dulcet naciera a las seis de la mañana del 20 de diciembre de 1867 en Montblanc, que además de pueblo de Tarragona es nombre de pluma estilográfica; ni que su madre se llamara Tecla, que en las máquinas de escribir y otros aparatos es la pieza móvil que contiene una letra o un signo; ni que antes de dar en librero tuviese la profesión de lampistero, que es la persona que hace o vende lámparas, las tiene a su cuidado, las limpia y las enciende.
Pues bien, en el iluminado prólogo que él escribe para su Manual del librero hispanoamericano: Inventario bibliográfico de la producción científica y literaria de España y de la América Latina desde la invención de la imprenta hasta nuestros días, dice que Durante el siglo XVIII la profesión de librero exigía un aprendizaje de cuatro años, saber latín, leer griego, guardar buenas costumbres y tener una honradez acrisolada. Los estudios podían empezar a cualquier edad, pero hasta cumplir los veinte años no era posible examinarse. El exámen tenía lugar en presencia de los síndicos y si se sacaban buenas notas se obtenía el carnet de aprendizaje. Luego seguían cuatro años más de ensayo, y después de estos ocho años prescritos por las leyes, se adquiría la patente de librero por cuatro mil reales.
A la vista de las condiciones entonces requeridas, deducimos que había que ser una buena pieza, un buen ejemplar para ser mercader de ejemplares, es decir, de copias sacadas de un mismo original o modelo.
De los ejemplares, de sus nombres, dice San Isidoro de Sevilla en el libro VI de Etimologías: Un códice está compuesto de varios libros; un libro consta de un solo volumen. Y se llama códice por sentido traslaticio del nombre de los troncos (códices) de los árboles, o de las vides, como si dijéramos caudex, porque asemeja sostener libros como el tronco sostiene las ramas. El volumen (rollo) es un libro que recibe su nombre de volvere (enrollar) … Liber (libro) es la membrana interior de la corteza del árbol que está pegada a la madera. De ella dice Virgilio, “se seca el liber en el alto olmo”.
¡“Alta liber haeret in ulmo”!…
…Y parafrasearé a Catulo:
“¿A quién regalaré ahora
Este librito de la feria
Pulido en azaroso rumbo?”